El comunismo en el arte urbano de Praga.

El régimen comunista impuesto en Checoeslovaquia existió entre 1948 y 1989. Es imposible entender la razón de su existencia sin considerar las consecuencias que dejó la segunda guerra mundial (1938-1945).

Digamos que un año antes del estallido del conflicto bélico n Europa, el país sufrió la enajenación de su soberanía por parte de Alemania, hechos que contaron, para peor, con la complicidad y aprobación de las principales democracias europeas, a saber; Francia e Inglaterra. Este detalle infame será decidor pocos años mas tarde.

El 9 de mayo del 45 los soviéticos entraron en la capital checa para liberarla, tal como había sido previamente ya pactado entre Churchill y Stalin. De alguna manera el destino de esta nación había quedado resuelto en las conferencias celebradas entre estos y otros mandatarios, que en efecto se dividieron el mundo en zonas de influencia y dominio.

En el patio del actual museo de Kafka situado a las orillas del río moldava, se halla una escultura del célebre artista checo David Cerny, que muestra a dos hombres meándose literalmente encima del país.

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Chocante y jocosa imagen que de alguna manera retrata la historia reciente de los checos y eslovacos, víctimas en más de una ocasión de la fría e implacable repartija concertada entre las potencias globales.

En efecto, la suerte estaba echada de antemano, y es que, tras una breve y frágil democracia, los comunistas tomaron la totalidad del poder en febrero 1948, tras presionar la renuncia del presidente en ejercicio, el tristemente célebre Eduardo Benes. En la zona del castillo de Praga es posible hallar una estatua dedicada a este caballero que dos veces fuera presidente del país, pero que sin embargo jamás lograría terminar ninguno de sus mandatos.

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                  Los comunistas llamaron a este golpe de estado, “el febrero victorioso”, y es que contaron en su momento con un fuerte respaldo popular. Prometían un mundo de paz e igualdad, sin embargo, a las pocas semanas se hizo evidente las pretensiones totalitarias que tenían. Los partidos políticos fueron perseguidos y abolidos, los opositores fueron encarcelados, asesinados, silenciados, y los disidentes menores fueron excluidos de los beneficios sociales y destinados a campos de trabajos forzosos en durísimas y extremas condiciones. La libertad de prensa fue junto a otros derechos civiles como el de la libre asociación, restringidos, y es que, sin duda, una fiera mano de acero fue impuesta en el país. Eran los años del culto acérrimo al gran héroe victorioso de la guerra; José Stalin.

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A finales de la década del cincuenta apareció en el hermoso parque de verano de Praga (Letna), el monumento dedicado a la figura del dictador soviético más grande del mundo. La gente le llamaba irónicamente la “fila para comprar carne.” Ahora, esta obra es imposible contemplarla en estos días, porque fue derribada por los mismos comunistas en 1962. Y es que, tras 20 años de régimen dictatorial, de alguna manera Checoeslovaquia asumió la tarea de cuestionar y revisar su propia manera de entender el socialismo, y va a proponer sus propias alternativas para renovarlo.

En enero de 1968, el eslovaco Alexander Dubcek toma la secretaria general del Partido, y se inicia con él la llamada Primavera de Praga. Este breve paréntesis, fue un intento por flexibilizar el carácter totalitario del Estado; se devolvieron derechos civiles a la población y se toleró después de dos décadas la prensa de oposición. Se abrieron las fronteras con los países de la órbita occidental, como Austria y la República Federal Alemana, lo que alentó la salida de miles y miles de personas del país.

                  Sin embargo, esto no fue bien visto por la Unión Soviética que consideraba y trataba a Checoeslovaquia como un país títere de su voluntad política, pues veía que estas medidas ponían en duda su supremacía en la región – en pleno recrudecimiento de la Guerra Fría – y si se toleraban esta clase de liberalidades, podría el país encantarse con ellas y desear todavía más, lo que podría comprometer las lealtades respectivas. Por lo mismo había que evitar a toda costa que la famosa primavera siguiera floreciendo.

Así fue que, durante la noche del 21 de enero de 1968, entraron en el país más de 5 mil tanques soviéticos, para aplastar para siempre este intento de liberalización del socialismo checoeslovaco. Se dio en efecto, un golpe militar.

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                  Los mismos tanques soviéticos T 38, tan afamados y eficientes en el frente oriental durante la segunda guerra mundial, que circularon tan victoriosos en varias ciudades europeas, como Berlín y en la misma Praga, en agosto del 68, entraron en la capital checa no para liberarla, sino para oprimir y acabar con la libre soberanía de un país entero.

Un joven David Cerny años más tarde, en 1990, sorprendería al mundo entero pintando uno de estos tanques “libertadores” de color rosa, y es que tener un ejemplar de estos, era de alguna manera ofensivo para los checos, pues simbolizaba aquel monumento, también la ocupación rusa de la que fueron objetos y víctimas a finales de los sesenta. Hoy el tanque ha sido retirado, aunque está situado en un museo histórico militar de la ciudad.

                  Pocas semanas más tarde, en enero de 1969, en la plaza Wenceslao (corazón de la Ciudad Nueva), un estudiante llamado Jan Palach, se quemaría a lo bonzo a manera de protesta contra “la normalización” impuesta por la intervención del Pacto de Varsovia (pacto militar de los países comunistas del este europeo) en el destino checoeslovaco. El lugar exacto donde se puso en llamas es hasta hoy visible. Se halla a los pies del museo Nacional,

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Hoy este gesto lo ha martirizado e inmortalizado, y la ciudad de Praga lo recuerda en muchos memoriales y monumentos. Por ejemplo, hoy la facultad de Filosofía de la Universidad Carolina de Praga -de la que Palach fuera estudiante al momento de su autoinmolación – lleva su nombre, y en la fachada se puede encontrar el siguiente busto:

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Muy cerca de la susodicha casa de estudios, se halla otra obra (del año 2015), que representa dos llamas flameantes, que representan a otros dos chicos que siguieron el ejemplo del primero días más tarde.

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El carácter colectivista del régimen socialista, el valor de la comunidad en desmedro de la persona y sus expectativas individuales, más la restricción de derechos civiles y públicos que esto justifica, también ha sido motivo de una interesante escultura situada a los pies del monte Petrin, que está en la ciudad pequeña de Praga (Mala Strana)

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Aquí vemos diferentes versiones de un mismo hombre, el primero está al menos íntegro en sus miembros, el segundo en cambio está en proceso de descomposición, carece de partes, y el tercero aún más y así. Con esta metáfora o alegoría se quiere representar la falta de respeto y de consideración hacia la persona (en tanto ser único y singular) que se tuvo durante este régimen que alcanzaría su fin recién en noviembre 1989, tras el estallido de la famosa revolución de terciopelo.

El auge y la caída del socialismo, David Cerny pretendió expresarla con estos bebes que escalan la antena de televisión de Zizkov, construida por los mismos comunistas en 1986.

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                  Resulta curioso el detalle del rostro de los bebes, que en realidad no lo tienen, en su lugar hay marcas como si fueran códigos de barra, según dicen también es un retrato de la indiferenciación que proponía el modelo que hemos venido comentando.

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Algunos ejemplares de estos muñecos es posible hallarlos en el parque de la isla de Kampa, también situado en el barrio pequeño.

                  Pero si hay un monumento multitudinario, que recuerda también el carácter opresivo de la dictadura comunista, es sin duda el famoso muro de John Lennon.

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                  El 8 de diciembre de 1980, John Lennon fue asesinado en Nueva York, en ese entonces, en Checoeslovaquia, había muchísimo Lenin, pero muy poco Lennon, símbolo además de la cultura enemiga, a saber; la occidental. Este muro lucía blanco y uniforme, pero un chico quiso homenajear la memoria del artista recién fallecido estampando una imagen de éste sobre la susodicha muralla. Las pinturas originales fueron sistemáticamente borradas por las autoridades de la época, pero hoy en día es una pared llena de colores, pues millones de personas han querido manifestarse pintando sobre él. Hoy es en efecto un monumento dedicado y consagrado a la libertad de expresión.

                  Como podemos ver este recorrido por estos monumentos nos han llevado a los cuatro sitios del casco histórico de Praga, hemos estado en el castillo y en la ciudad pequeña, también pasamos por la ciudad vieja y nueva de Praga, e incluso nos interiorizamos en el bohemio barrio de Zizkov tan preferido por los extranjeros radicados en la capital checa. La Praga alternativa y artística está allí, al alcance de la mano, y nosotros no estamos sino para enseñártela.

Andrés Vidal Dominguez, Santiago, Chile, enero 2017

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